El periodista que inició el caso reconoció en el juicio oral que los cuadernos originales estuvieron en su poder durante meses sin control judicial, que fueron transcriptos manualmente por su equipo y que decidió denunciar ante el fiscal Carlos Stornelli porque era el único magistrado de Comodoro Py que conocía. Las defensas pusieron el foco en la cadena de custodia y en las «licencias literarias» del libro.
La declaración de Diego Cabot en el juicio oral de la causa «Cuadernos» no fue la ratificación tranquila de una investigación periodística ejemplar. Fue, por el contrario, una exposición que dejó en evidencia una serie de irregularidades en el origen del expediente, en el manejo del material probatorio y en el proceso que llevó la evidencia desde un bar de Núñez hasta los tribunales de Comodoro Py.
De un vecino de Belgrano a la Justicia Federal
Cabot relató que los cuadernos no surgieron de un procedimiento judicial ni de una denuncia institucional, sino de un contacto personal: un vecino del barrio de Belgrano, Jorge Bacigalupo, que era amigo y vecino del chofer Oscar Centeno, se acercó al periodista y le dijo que tenía «unos documentos». Días después le entregó una caja cerrada.
«Había cuadernos, ocho cuadernos, algunas facturas y CDs con videos», describió el periodista. La escena ocurrió sin testigos y en un ámbito privado: «estábamos los dos solos… la abrí con un cuchillo ahí para ver de qué se trataba».
La cadena de intermediación continuó. A los meses, Cabot devolvió los originales ante el pedido de Bacigalupo, que debía entregárselos a Centeno. Pasó toda una madrugada fotocopiándolos en el diario La Nación antes de hacerlo. Luego, seis de los ocho originales volvieron a sus manos a través de una persona que lo citó en la vía pública en un lugar donde no había cámaras: «Estuve segundos con la persona que me los entregó. Me dijo ‘tengo esto para entregarte y me voy'».
El material en casa y sin control pericial
Cabot admitió que los cuadernos originales permanecieron durante meses en su poder, sin ningún tipo de resguardo judicial ni control externo: «Trabajábamos con originales en mi casa». Junto a colaboradores transcribieron todo el contenido a una base de datos en planillas de Excel, volcando origen, destino, fecha y horario de cada asiento.
Con el tiempo, los originales fueron guardados porque ya no eran necesarios para el trabajo diario: «los guardamos… ya no los necesitábamos». Las defensas tomaron ese punto como un eje central: la manipulación directa de la evidencia antes de su judicialización, sin resguardo pericial ni custodia formal.
La elección de Stornelli: un bar y un solo contacto
Cabot explicó que decidió denunciar ante el fiscal Carlos Stornelli por una razón de pura geometría personal: era el único magistrado de Comodoro Py que conocía. «No tenía contactos en Comodoro Py. Sólo tenía el suyo por algún llamado anterior», dijo.
El encuentro previo ocurrió en un bar del barrio de Núñez: «Le pedí que hablemos. Nos juntamos en un bar de Núñez», donde el fiscal lo impulsó a presentar la denuncia formal. Poco después, Cabot se presentó en la fiscalía y entregó copias, pendrives y videos. Pidió reserva de identidad, pero Stornelli le aconsejó que no lo hiciera.
La defensa del exsubsecretario Rafael Llorens fue directa: quien conoce el sistema sabe que las denuncias ingresan por la Cámara Federal para el sorteo del juez, no directamente ante un fiscal de preferencia. Esa ruta no convencional quedó sin una respuesta satisfactoria.
«Convicción» en lugar de prueba
Otro tramo tenso fue cuando Cabot afirmó que los cruces de información lo llevaron a una «convicción muy fuerte» de que los cuadernos reflejaban hechos reales. Las defensas señalaron que esa categoría —una convicción periodística basada en verificaciones parciales— no reemplaza los estándares de prueba exigibles en un proceso penal.
Las «licencias literarias» y el libro
El abogado Carlos Beraldi, defensor de Cristina Kirchner, apuntó a la dimensión narrativa del trabajo de Cabot y le preguntó si el libro que escribió posteriormente contenía pasajes «ficcionados» o reconstrucciones no estrictamente documentales. El periodista reconoció que su obra implicaba «una reconstrucción periodística», organizada para hacer comprensible la historia, con recursos propios del género.
Esa admisión abrió un nuevo frente: si el propio autor reconoce una elaboración posterior con criterios narrativos, la pregunta que quedó flotando en la sala es en qué medida esa construcción literaria se superpone -o no- con la evidencia bruta que dio inicio al expediente.
El fondo del problema
Lejos de consolidar una versión definitiva, la declaración de Cabot volvió a poner en discusión aspectos estructurales del caso: el origen extrajudicial de la prueba, la elección de un fiscal conocido, la ausencia de cadena de custodia en el origen, la intermediación de terceros y la transformación del material antes de su incorporación al expediente.
Con el avance del juicio, el tribunal deberá resolver una pregunta que la audiencia dejó más abierta que nunca: si el proceso de recolección, manipulación y judicialización de esa evidencia cumple con los estándares mínimos que exige un proceso penal para condenar.





