Tras la derrota en la final ante España, el Presidente se sumó emocionado a los saludos al plantel. Pero quedó expuesto que se subió a una ola por la contradicción de hace cuatro días, cuando él y su gobierno cuestionaron a los jugadores por la bandera de «Las Malvinas son argentinas» exhibida luego del triunfo frente a Inglaterra en semifinales.
El domingo 19 de julio, minutos después del pitazo final que consagró a España campeona del mundo en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, el presidente Javier Milei publicó en X: «¡Muchas gracias Jugadores! Hasta el final con las botas puestas. Argentina siempre en lo alto.»
El mensaje fue breve, emotivo y viral. También fue, a la luz de lo que el propio Milei había dicho cuatro días antes, profundamente contradictorio.
Sin embargo, el 15 de julio, tras el triunfo 2-1 de Argentina sobre Inglaterra en la semifinal disputada en Atlanta, los jugadores desplegaron sobre el césped una bandera blanca con letras negras que rezaban «Las Malvinas son argentinas», la imagen recorrió el mundo y emocionó a millones de argentinos, pero la reacción de Milei fue otra.
El mandatario celebró la clasificación a la final, pero cuestionó las reivindicaciones populares de la soberanía sobre las Islas Malvinas. Al ser consultado sobre el significado de la victoria frente a Inglaterra, solicitó no vincular el resultado deportivo con el reclamo por las islas y sostuvo que «es un partido de fútbol». Además, resaltó que la recuperación de la soberanía «se logra con una diplomacia sabia y no con gestos de patrioterismo baratos».
En otra entrevista, el mandatario cuestionó que el reclamo se manifestara en un evento deportivo y sostuvo que la recuperación de la soberanía sobre las islas debe impulsarse exclusivamente por la vía diplomática.
Milei también relativizó las posibles consecuencias institucionales del gesto: «Las cosas que pasan en la cancha con los jugadores no son parte de la diplomacia. En el peor de los casos la Argentina recibirá una sanción económica de US$30.000», indicó ante la posibilidad de que la FIFA abriera una investigación.
El contexto político que Milei no mencionó
La decisión de los jugadores de exhibir la bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas» y las declaraciones posteriores de varios de ellos, entre ellos el capitán Lionel Messi, dejaron al gobierno de Javier Milei a la defensiva y desarmaron la estrategia de identificación con el equipo que las usinas comunicacionales del oficialismo habían intentado instalar.
El repentino fervor malvinero que atravesó al oficialismo y a sus principales voceros dio lugar a una inesperada reivindicación de principios de política exterior que nunca habían formado parte de su agenda. El episodio tuvo además un correlato legislativo inmediato: en la sesión del Senado, el Gobierno no consiguió los aliados necesarios para aprobar la ley que habilita la compra irrestricta de tierras por parte de extranjeros.
El gobierno británico, por su parte, no dejó pasar la oportunidad. La portavoz del primer ministro Keir Starmer fijó la postura oficial: «Puede que el Mundial no sea nuestro, pero las islas Malvinas sin duda lo son.» Y agregó: «Nuestra posición no ha cambiado. La autodeterminación corresponde a los habitantes de las islas.» El Gobierno de las Malvinas también reclamó a la FIFA que evaluara posibles sanciones.
La final y el abrazo tardío
España se llevó su segundo título mundial al derrotar a Argentina, que sigue con tres trofeos en su haber. Un gol de Ferran Torres en la prórroga, ya en el minuto 106, impulsó a la selección española al campeonato. El equipo de Luis de la Fuente dominó de principio a fin el encuentro, pero sin tino sobre la portería contraria hasta el gol del triunfo, rematado por Ferran Torres tras un toque de cabeza atrás de Nico Williams después de un centro de Pedro Porro.
Argentina había llegado a la final con Enzo Fernández expulsado en el tramo final del tiempo reglamentario, lo que obligó al equipo a jugar en inferioridad numérica durante la prórroga. Scaloni lo resumió con precisión: «Somos grandes en la victoria y tenemos que ser grandes en la derrota, y nos acordamos de lo hecho. Dimos todo.»
Lionel Messi, que se despidió del fútbol internacional entre lágrimas, recibió una dedicatoria especial de la cuenta oficial del seleccionado: «Tus lágrimas son las nuestras, capitán. Nos diste las alegrías más grandes de nuestras vidas. Gracias por la entrega, por la magia y por dar la vida hasta el último segundo.»
Minutos después, Milei publicó su mensaje de apoyo. El mismo presidente que cuatro días antes había pedido no mezclar el fútbol con la soberanía y había calificado el gesto de los jugadores como «patrioterismo barato» cerró la noche abrazado emocionalmente al plantel que acababa de perder. El mandatario había seguido de cerca el andar del seleccionado durante todo el torneo y había ofrecido la Casa Rosada para recibir al plantel cuando regrese al país.
La contradicción en cuatro días
El recorrido de Milei durante esta semana mundialista condensa con precisión una de las tensiones más persistentes de su gobierno: la distancia entre el discurso ideológico y el cálculo político de corto plazo. Cuando los jugadores desplegaron la bandera de Malvinas, el presidente eligió cuidar su relación con el gobierno británico -con quien mantiene vínculos estrechos en el marco de su alineamiento con el mundo anglófono- y calificó el gesto como populismo berreta. Cuatro días después, con la Selección eliminada y el país de luto futbolístico, el mismo presidente se sumó sin reservas al abrazo colectivo.
La pregunta que queda flotando es simple: si el fútbol y la soberanía no deben mezclarse, ¿por qué el presidente sí mezcla el fútbol con la política cuando el resultado le conviene? La respuesta, en este caso, la dieron los propios jugadores con una bandera blanca y letras negras en el césped de Atlanta.



